Comentarios de la Bahía: «En el Día de Muertos»

Las creencias de los hombres y de pueblos enteros, se originan en el desconocimiento de las leyes de la naturaleza y de los principios científicos que deben regir necesariamente sus fenómenos, que ante la falta de una explicación convincente, los atribuye a lo que su sentimiento o su imaginación les dicta, estas creencias no sólo quedan en el ámbito interno, en la subjetividad o el sentimiento del individuo, sino que se transmiten de unos a otros por generaciones, por los siglos de los siglos, resultando sumamente difícil, si no es que imposible desarraigarlas, y el tratar de hacerlo o influir en su contra es exponerse al rechazo y hasta la condena colectiva, al estigma por pensar diferente o desdeñar y hasta burlarse de una creencia que por formar parte de la idiosincrasia de un pueblo debe ser respetada.

La historia de la humanidad nos da claros ejemplos de castigos o penas que han sufrido quienes se han atrevido a contradecir creencias que se han tenido por verdades inmutables por largo tiempo. A Sócrates, el Maestro de Atenas, le armaron un proceso y lo condenaron a muerte por cicuta, 501 jueces por mayoría de votos; por “impiedad a los dioses” –dijeron-, consideraron que él tenía un Dios y un Demonio en su casa (que a lo mejor era su mujer Jantipa); y que corrompía a la juventud con esas ideas, cuando lo que pretendía el sabio, era inducir a la juventud a pensar diferente respecto de los Dioses, para centrar la atención en el estudio del hombre y mejorarlo cívica y moralmente.

Sócrates antecedió a Cristo con más de 500 años y algunos aspectos de su doctrina ética figuran en el Cristianismo; a éste mismo Señor Jesucristo lo crucificaron por andar de redentor anunciando la venida de un Dios Padre, Rey de Reyes nuevo, que vendría a liberarlos de la opresión y la esclavitud; Galileo fue quemado en leña verde por decir que la tierra se movía; a Don Antonio Lorenzo Lavoisier, el padre de la química moderna, le cortaron la cabeza por adelantarse a su tiempo y decir que “nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”, una verdad científica ahora, pero que en su tiempo se oponía a la creencia de la creación del mundo por un ser todopoderoso, creencia que pervive en nuestros días, con la salvedad de que ahora puede no aceptarse y hasta contradecirla sin que le pase nada y hasta con la garantía Constitucional que protege la libertad de creencias. Porque el pensamiento no tiene ningún límite ni se le puede encarcelar ni ponerle condiciones ni nada por el estilo.

Nos viene a la meditación todo esto ahora con motivo del Día de los Muertos, este 2 de Noviembre, como siempre, con su caudal de tradiciones, el pan, las calaveras, versos satíricos, dedicados a personajes importantes de la sociedad en cada época; bailes, disfraces de esqueletos y toda esa parafernalia popular, que nos hace ver la muerte como algo chusco y no trágico, al menos como lo que es, un fenómeno natural como el nacimiento mismo, al que todos estamos expuestos en cualquier momento, y, es en este punto, cuando nos llega en forma violenta o inesperada, que nos produce sufrimiento, temor, incredulidad, que cuando nomás llega simplemente como culminación de un proceso biológico, como es la vida.

En El Libro de los Muertos, una obra llena de religiosidad y simbolismo de la literatura egipcia, se refleja la portentosa antigüedad de la creencia en la pervivencia del alma de los difuntos, que consideraban muy ligada a la incorruptibilidad del cadáver; de ahí la costumbre de la momificación y de sepultarlo con sus pertenencias y efectos personales, llevarle agua y comida, etcétera; “porque el muerto volvía”.

Por eso persiste la tradición hasta nuestros días de llevarle a la tumba de nuestros muertos la comida que mas gustaban, y que da origen a la ocurrencia festiva y burlona del mexicano acerca de la muerte, cuando le pregunta uno que llevaba flores a adornar el sepulcro, a otro que le llevaba comida: “¿a qué hora cree que va a salir su muerto a comerse eso que le está sirviendo?” y le responde el interpelado, “ a la hora que salga el suyo a ver y oler las flores que le está poniendo.

Pitágoras, uno de los más antiguos filósofos pre-socráticos, fundador de la secta que lleva su nombre (Pitagóricos), sostenía la creencia en la transmigración de las almas a otros seres vivos, y Platón, el padre del idealismo filosófico, posteriormente, elaboró la bella teoría de un Mundo de Almas, de donde provenía y a donde volvían después de abandonar los cuerpos a los que pertenecieron. Algo muy parecido a las creencias actuales, de que el alma no muere, sino que se va del cuerpo a un lugar después de la muerte; contrariamente a lo que dijo Lavoisier, de que es la materia (el cuerpo) la que no muere, sólo se transforma.

“Ultratumba” significa después o más allá de la tumba, expresión que se sigue usando para designar ese lugar incierto, “el mas allá”, a donde muchos creen que moran las almas o espíritus de los difuntos y de donde pueden volver en algún momento a “este mundo”, porque el de ellos, el de los muertos es “el otro mundo”.

Y mejor aquí la dejamos de este tamaño la meditación con motivo del Día de los Muertos. Porque sigue la Metafísica, que etimológicamente quiere decir lo que está después o más allá de la física, o sea del mundo físico, que los antiguos griegos llamaban “ la fisys” –la física. Usted lector, ¿qué cree?¿Que hay otro mundo?. Al fin son creencias, que se convierten en tradiciones y que forman parte de la cultura de los pueblos, per sécula seculorum (por los siglos de los siglos).

En este día deseo a todos los lectores un feliz Día de Muertos, que recuerden con cariño, amor y gratitud a todos sus difuntos.

Mi gran recuerdo y gratitud en este día a mi padre José Augusto Araiza Núñez que recientemente falleció este año. Va.

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