Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo

  • “Nada hay que aflija más el corazón de los pobres que el hambre y la carestía” (Miguel de Cervantes Saavedra.)
  • A cultivar el lado amable espiritual del festejo navideño que es la conmemoración del nacimiento de Jesús el Cristo de Nazaret
  • La Navidad y Año Nuevo, no deben ser motivo para andar con la tomadera y la compradera, dijo en una ocasión el Padre Francisco Tovar Martínez
  • Deseo expresar mis más sinceros buenos parabienes a todos nuestros lectores, les agradezco infinitamente su visita a mis comentarios editoriales

Un año más cumplimos colectivamente en esta Navidad, preludio del Año Nuevo que ya lo tenemos en puerta, como es de rigor menudean las felicitaciones de amigos, conocidos, de familiares y hasta de extraños contagiados por ese espíritu navideño, porque estas fechas tienen esa virtud de acercar a los seres humanos, que de por sí es un ente gregario por naturaleza.

Alguna ocasión, en uno de aquellos sermones de las misas dominicales que solía expresar en forma sencilla y amena el Señor Cura de mi pueblo Tuxpan, Nayarit, Don Francisco Tovar Martínez, algunos de buena crítica social constructiva -porque el púlpito también ha sido tribuna y foro a través de la historia-, dijo que estos días cercanos a la Navidad y Año Nuevo no deben ser motivo para andar con la tomadera y la compradera, gastando los ahorros de todo un año hasta en lo que no necesitamos, inducidos por la propaganda comercial de compre esto y aquello, beba, fume, viaje y después pague, etcétera; olvidándose del aspecto espiritual de la conmemoración, que es el nacimiento de Jesús el Cristo de Nazaret, el hijo de Dios, y de un año nuevo de vida en donde lo más importante es la salud y no los bienes materiales, por lo que todos debemos hacer una reflexión íntima personal sobre lo que hemos hecho de nuestra vida y de los que nos rodean, hasta nuestro comportamiento en la vida familiar y social.

Estos días nos brindan la oportunidad y el motivo para el acercamiento entre los seres humanos, oportunidad para la reconciliación cuando hay distanciamiento, estrechar lazos de amistad y de amor familiar, entre los hijos, la pareja, los presentes y ausentes. Este aspecto espiritual de las fechas decembrinas es el que debe imperar y no la equivocada consideración de la obligatoriedad del regalo material y que mientras más costoso sea éste es el grado de estimación que se le tiene a la persona. Puede ser así en algunos casos, según sea el tipo de relación entre las personas, su forma y concepción de la vida y del universo, pero no es la regla.

Porque mire usted, como anda la gente en Tepic, Bahía de Banderas y Puerto Vallarta, por las calles y tiendas como potros desbocados por llegar a los grandes almacenes como si la mercancía fuera a terminarse o como si fuera una gran oportunidad de adquirir esto o aquello, con la compradera por todas partes, sin reflexión alguna, arrebatados por la idea de que es Navidad y de que hay aguinaldo que para eso es, para gastarlo en comprar regalos, comprar, pedir fiado, gastar, haciendo caso omiso de la valiosa recomendación de hace años del Padre Tovar de mi pueblo, de cultivar el lado amable y espiritual del festejo navideño.

Este acercamiento no es otra cosa que la unidad, tema que se menciona reiteradamente y que piden los gobernantes, y, que es invocada como factor de solidaridad con nuestro gobierno para enfrentar las crisis de todo tipo que padecemos, principalmente, la de la violencia imparable en todo el país, que tienen en zozobra permanente a la ciudadanía. El concepto de unidad se ha manejado desde los filósofos y sociólogos de la antigüedad hasta nuestros días por los políticos, líderes y gobernantes.

Y ni duda cabe que la unidad es factor de fortalecimiento en todos los ámbitos del ser humano; el hombre tuvo que mantenerse unido desde el surgimiento de las primeras comunidades primitivas, por necesidad, por instinto contra las fuerzas ciegas de la naturaleza. Y ha superado calamidades y cataclismos terribles merced a ese valor tan indispensable para la pervivencia del género humano, que es la unidad de los hombres.

Esto no quiere decir, claro, que todos coincidamos y estemos acordes en las ideas políticas de nuestro tiempo y que no tengamos nuestras propias convicciones y actuar en consecuencia, sino qué para obtener mejores resultados en los objetivos, es necesaria la unidad en la acción y en la intención según se trate.

Se convoca a la unidad en los partidos políticos en torno a un proyecto, de un candidato; llaman  a la unidad los dirigentes sindicales por los objetivos de sus organismos; las cooperativas, los sectores sociales en defensa de sus intereses cada cual, porque sin unidad no tiene fuerza ninguna organización, ni la ciudadanía como base de una sociedad política que ahora más que nunca debe unirse en contra del objetivo común que es la convivencia humana para el progreso, basada en la paz, la concordia y el respeto al orden.

En estas fechas es un acto tradicional y simbólico, desearnos unos a los otros un “feliz Navidad y próspero Año Nuevo”, después de que transcurre cada lapso de trescientos sesenta y cinco días y empieza otro. No importa que en ocasiones y diferentes casos, la elusiva felicidad se nos escape inasible cuando considerábamos ya casi tenerla en nuestras manos; y la prosperidad personal la veamos siempre inalcanzable. De todas maneras, la sinceridad y la franqueza que anida en los seres humanos y la simbólica frase de ¡Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo!, es apreciada y debe ser motivo de íntima satisfacción para todos.

Sabido es por la experiencia que la prosperidad se traduce en comodidades materiales y hasta lujos superfluos pero deseados por muchos, aunque comprobado está también que el dinero no lo es todo en la vida, como lo demuestra el hecho de que muchos individuos lo han tenido (como sea) sin alcanzar por eso la felicidad ni la plenitud de la vida, lo que se resume en el dicho de la sabiduría ancestral de que no hay dicha completa.

Y, esto es así porque los valores fundamentales de la existencia humana como la verdad, la justicia, la belleza, la bondad, el amor, el talento, no pueden comprarse con dinero, no están en el comercio, y paradójicamente son estos valores los que le dan calidad a su condición de ser humano, precisamente; y los que contribuyen grandemente a la felicidad del hombre, que es en última instancia la finalidad de todos en la vida.

De la felicidad se ha dicho, que es más bien un estado anímico placentero (del alma) -no la comodidad del cuerpo o de placeres corporales inferiores, que aunque también ayudan e influyen, no la determinan-, producido por la tranquilidad interior, por satisfacciones íntimas y por el equilibrio emocional proveniente de una mente sana, sin sentimientos negativos, como envidias, odios, rencores, resentimientos, frustraciones de todo tipo, que, invaden al hombre por desear o ambicionar obsesivamente algo que no logra por estar fuera de su alcance o su capacidad; son los deseos insatisfechos, que no se deben confundir con las necesidades, que las hay de todo tipo: primarias, secundarias, vitales, etc., porque hay que recordar también que “no sólo de pan vive el hombre”.

La felicidad del hombre depende muchas veces de cosas verdaderamente insignificantes, por esto suele decirse también que las mejores cosa de la vida son de gratis. Así de inefable es el sentimiento humano de la felicidad, que puede llegarnos cuando menos la esperamos y que se nos puede escapar también si la tenemos y no sabemos apreciarla. Nos puede llegar indirectamente o de rebote, mire usted, viendo o sabiendo felices a los seres que amamos. Así de sencillo y factible puede ser disfrutar de ese bien, de ese “estado de alma” que busca afanoso el hombre y que a menudo confunde con las comodidades que da el dinero. De ahí la gran aceptación que han tenido en el mudo las doctrinas espiritualistas promovidas y aprovechadas por los vivales hasta para obtener dinero y poder político.

Sin dejar de reconocer la validez científica de las teorías sociológicas y económicas que proponen una cada vez más equitativa distribución de la riqueza social –que es producida por toda la sociedad en razón de la interdependencia humana- que nos llevaría a una sociedad más justa y más humanizada, con un mínimo de bienestar general garantizado, puesto que la miseria y la ignorancia es el caldo de cultivo de las patologías sociales causantes de la degradación y la infelicidad de los hombres, de lo que mucho se ha hablado y se va a seguir polemizando a favor y en contra, porque hay polos opuestos sobre este tópico.

Nosotros sólo hacemos y les compartimos esta breve meditación en esta   Navidad y en vísperas del Año Nuevo. Por nuestra parte que no quede por falta de buenos deseos, a pesar de que la tendencia económica, se pronostique ya contraria a la prosperidad  y la felicidad de una gran mayoría de nuestros congéneres mexicanos, por el alza a los precios de todo que se vendrán en cascada como siempre sucede cada inicio de año, las gasolinas, las tortillas, la carne, el pollo, los huevos, jitomates, cebollas, al interés bancario, la debilitación del peso ante el dólar, las mensualidades de los créditos de autos, casas, colegiaturas, etcétera pues como dijera el genio de la literatura clásica española Miguel de Cervantes Saavedra: “nada hay que aflija más el corazón de los pobres que el hambre y la carestía”.

Deseo expresar mis más sinceros buenos parabienes a todos nuestros lectores, les agradezco infinitamente su visita a mis comentarios editoriales, de que esta Navidad esté llena de esperanza, paz y tranquilidad; que la tolerancia, la fortaleza y respeto por la familia sean lo principal en la vida, como célula principal de la sociedad, y que el próximo Año Nuevo, sea motivo de realización de anhelados ideales, tanto personales como de la sociedad en general. Feliz Navidad a todos mis familiares y amigos.

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